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sábado, 17 de marzo de 2012

Riesgosas “redes sociales”


Las banales, adictivas y riesgosas “redes sociales”
Por Adán Salgado Andrade
En el año 2005, el neoyorquino Thomas Montgomery, un hombre casado, de 45 años, quien aparentemente llevaba una vida normal con su esposa y dos hijas adolescentes, decidió que su existencia era muy aburrida y requería un cambio, así que se armó de una nueva personalidad y se inscribió a una red social de videojuegos en línea llamada Pogo.com, con tal de hacerse de nuevos amigos, convirtiéndose en un asiduo adicto a dicho sitio.

Se presentó como un joven soldado de 18 años, un marine, destacado en Irak, cinta negra en karate, con cicatrices en el hombro izquierdo y en la pierna derecha, pelirrojo, 1.85 metros de estatura, 95 kilogramos de peso y un pene de 23 centímetros.

Obviamente tan “ruda y atractiva” personalidad atrajo de inmediato a chicas como Jessica, muy adicta también a Pogo, quien decía tener 17 años y vivir en el estado de Virginia occidental.

Los dos comenzaron a chatear para conocerse mejor. Tras un breve, amistoso periodo que luego se convirtió en romance, en el cual ambos supuestamente se amaron como nunca antes habían amado y estaban dispuestos a casarse, un inesperado final llegó, cuando un amigo de Montgomery, Brian Barret, que participaba en los “chats” que sostenían aquellos, le confesó a Jessica quién era realmente el supuesto joven mariner: un tipo cuarentón, calvo y pasado de peso.

La chica se desilusionó por la inesperada revelación, pero además ella y Barret, además de burlarse de Montgomery, iniciaron también un noviazgo virtual. Montgomery quedó tan frustrado y al mismo tiempo tan enojado con Barret, por haberle dicho la verdad a su amada Jessica y habérsela “bajado”, que un buen día acudió a su domicilió y lo mató de tres tiros cuando aquél se disponía a abordar su vehículo para ir a su trabajo.

Y fue cuando Jessica, dándose cuenta de las graves y fatales consecuencias que su falta de tacto y precipitado actuar habían provocado en la conducta de Montgomery, decidió quitarse la careta y mostrarse como quien realmente era: Mary, de 45 años, madre de dos chicas, una de las cuales se llamaba Jessica, y cuya personalidad su madre, Mary, había suplantado.

Casos de tan funestas consecuencias como el narrado aunque no son todavía tan comunes, permiten apreciar no sólo lo superficiales y adictivas, sino lo riesgoso que las así llamadas redes sociales pueden llegar a ser.

Y podríamos definirlas simplemente como las relaciones que se establecen entre personas a través del Internet, mediante una computadora, como si no bastara que de por sí la comunicación directa entre dos o más personas se ha hecho menos frecuente con el tiempo, a pesar de que supuestamente vivimos en un mundo cada vez más comunicado.

Muy convenientemente el sistema capitalista salvaje ha logrado que las relaciones entre las personas sean a través de celulares, de laptops, de computadoras, de ipad’s... ya ni siquiera el teléfono tradicional, por el que se escucha la voz de la otra persona, está empleándose, y en el caso de los celulares, son preferidos los mensajes de texto a una conversación, por muy corta que ésta pueda ser (además, esto ha alentado la alta demanda de todos los gadgets requeridos para relacionarse a través de las redes, con lo que el capitalismo ha creado un nuevo nicho consumista).

De esta forma, la cohesión social tan esencial para los necesarios cambios requeridos con tal de lograr una transformación, por ejemplo, del sistema económico, hacia uno más justo, se ha disipado y dichas redes han convertido las relaciones sociales en una suerte de gigantesca vecindad o barrio virtual en donde nada trascendente sucede, excepto por los comentarios banales, los chismes, la superficial cotidianeidad que los participantes comparten a diario... nada que pueda poner en peligro al sistema.

Son contadas las excepciones en donde algunas redes sociales, como Facebook, a la que me referiré más adelante, han logrado convertirse en instrumentos de lucha social para convocar manifestaciones o protestas antigubernamentales, como en Egipto, en donde el joven activista Ahmad Maher creó en aquélla red la página “Movimiento 6 de abril”, para exigir la liberación de otro activista, el bloguero Abdel Kareem Nabil Suleiman Amer, duros críticos ambos del cerrado, autoritario gobierno egipcio.

También en China, gracias a redes de blogueros que divulgan algunas noticias censuradas por las autoridades, como el joven Wozy Yin, se ha podido romper algo del férreo control del gobierno contra la libertad de expresión. Incluso aquí en México, de repente un movimiento organizado desde las redes sociales, pretende imponer cierta fuerza, pero considero que son movimientos relativamente temporales y efímeros, ya que la verdadera fuerza de las movilizaciones no se puede dar por un “facebookaso” o un “twiiteraso” y que sólo sean virtuales, sino a través del real conocimiento de causa de los problemas en cuestión, lo cual se da sólo contando con un bagaje cultural y con un verdadero compromiso de clase y que las protestas se materialicen en el mundo real (por ejemplo, puede decirse que el Movimiento Zapatista es una red social verdadera, que tiene su fuerza porque las relaciones entre sus integrantes se dieron de frente, no virtualmente, y por ello ha perdurado).

Y es que otro problema es que el Internet, la Web, que en un inicio pretendía ser un instrumento de relaciones sociales y comunicacionales verdaderamente alternativo, cada vez se torna más en un conglomerado que tiende a ser controlado por un puñado de empresas que están monopolizando e, incluso, restringiendo su empleo (Google, Youtube, Facebook, Twitter, Microsoft, Yahoo...).

Esto porque, por un lado, el sistema político en el que se apoya el capitalismo salvaje no permitirá que la red se convierta en un instrumento de lucha y de reivindicación social que logre en cierto momento un cambio de las estructuras económicas en el que éste, el capitalismo, se sustenta. Por otro, porque a fin de cuentas, el Internet se ha ido adecuando a una función primordial de todo avance tecnológico que se precie de serlo, que es la de servir también de promotor del ciclo económico de producción, circulación y venta de mercancías, o sea, del fundamento retroalimentador del capitalismo salvaje: el consumismo. Sitios que inicialmente promulgaban la gratuidad de sus servicios, actualmente están buscando la forma de hacerlos lucrativos.

Por ejemplo, Youtube, la red de videos de todo tipo que prácticamente ha monopolizado la red, por la cual Google pagó poco más de 1700 millones de dólares, últimamente ha diseñado estrategias para obtener un ingreso, el cual, modesto por lo pronto, pretende ir creciendo, con tal de que ese sitio deje de ser una sangría económica, como por muchos meses lo fue para su empresa propietaria. Lo mismo sucede con las redes Twitter y Facebook, que están diseñando nuevas estrategias y presentaciones de sus respectivos productos para que la cacareada gratuidad ya no lo sea completamente y se generen mayores ingresos.

No sólo se pretendió que el Internet sería digamos que revolucionario, sino que por el inicial entusiasmo que despertó esa singular aportación tecnológica (relacionarse a través de computadoras, lo que confirma la tendencia fetichizadora de la sociedad de consumo, o sea, de relacionarnos a través de objetos y no de nosotros mismos), incluso innovaría la forma en que el ser humano adquiere conocimientos.

Pero tampoco esa visionaria esperanza se ha cumplido, puesto que recientes investigaciones, como la del profesor Gary Small, de la universidad de California, y otros investigadores, como psicólogos, neurobiólogos y educadores, han llegado a la misma conclusión: cuando una persona busca información en la red, su lectura es de hojeada (los títulos, por ejemplo, de artículos o de blogs), su razonamiento es distraído y apresurado y su aprendizaje es superficial.

En efecto se ha registrado una mayor actividad cerebral cuando alguien está buscando información en el Internet, pero eso se debe a que se ofrece una saturación de dicha información (hay que ver, por ejemplo, que cuando se busca un tópico en particular, como un dato histórico, en un buscador como Google, se ofrecen a veces millones de resultados de sitios o páginas que pueden contener algo al respecto de lo buscado, imposibles, ni siquiera, de ser revisadas de una ojeada). Por si fuera poco eso, tantos distractores, como la publicidad, o que se puede, por ejemplo, cambiar de tarea con un cliqueo del mouse, reduce también la capacidad cognitiva del cerebro, lo que hace aún menos firme lo que se “aprenda” a través de la red.

Pero regresando a las redes sociales, en un principio pretendían ser una especie de selectos clubes privados (exigían varios requisitos para acoger a los solicitantes de membresías), pero han tenido tan buena aceptación entre los internautas desde su origen, que cada vez se amplían más, así como la facilidad para ser miembro (Facebook es viral y sólo es necesario aceptar una invitación que nos haga uno de nuestros contactos en el correo, que ya sea parte de dicha red, para que seamos miembros, llenando mínimos datos).

Además hay niveles, desde las que son una suerte de vecindad virtual, en donde las relaciones se van multiplicando, como el Facebook, el Hi–Fi (ésta, ya en franca decadencia), el Twitter... que ofrecen sus servicios digamos que gratuitamente, hasta aquéllas más específicas que sirven, por ejemplo, para hacerse de parejas sentimentales (algunas gratuitas, otras pagadas), y que permiten al usuario realizar desde simples, iniciales flirteos, hasta las que de plano son una abierta invitación a encuentros de sexo virtual entre sus miembros, el llamado “sex on line”, que también están teniendo un gran auge, quizá porque muchos de los usuarios pueden actuar en el anonimato, sobre todo mujeres (aunque esto de relacionarse por Internet ha resultado poco exitoso, ya que en promedio sólo el 17% de los encuentros realmente funcionan, así que quienes ganan son las redes, quienes cobran por “relacionar” a los desesperados y desesperadas en busca del amor de su vida). También hay redes promovidas por algunas empresas que de esa forma logran gratuitamente convocar a gente que les auxilie para diseñar, mejorar o lanzar al mercado un nuevo producto.

Tal es el caso, por ejemplo, de la empresa Lego Company, la creadora de los bloques plásticos con los que se pueden formar infinidad de figuras y objetos. Tiene un sitio llamado Lego Serious Play, mediante el cual promueve que los usuarios participen jugando con modelos tridimensionales de sus bloques, con tal de que creen nuevas formas, innoven ensamblajes, proporcionen ideas... redundando todo en que la empresa se provea gratuitamente de una vasta cantidad de creatividad colectiva sobre la que tiene plenos derechos. También existen redes como Wikipedia, que es una especie de enciclopedia virtual, formada por las desinteresadas participaciones de sus miembros, que también es gratuita (hay que decir que la gratuidad, generalmente, es sinónimo de cierta seriedad, pues los sitios que cobran por sus servicios, se ponen en entredicho).

Sin embargo, aunque algunas de las redes sociales, como Facebook, Twitter o Youtube, actúan supuestamente para fomentar más la socialización, en realidad están creando una nueva clase de personas, sobre todo de jóvenes, que sólo son capaces de relacionarse así, y no en persona, “face to face”, ya que cuando se enfrentan, digamos que en vivo con la persona a la que acaban de conocer, toda la versatilidad y la seguridad que presumen en la red, la pierden y ha habido casos en que “amigos en línea”, se han encontrado frente a frente y han tenido que recurrir a sus celulares para establecer una “comunicación”, así que en lugar de fomentar una verdadera relación, muchas de las prácticas en la redes la están destruyendo y con ello contribuyen no a cohesionar a la sociedad, sino, muy convenientemente para el sistema político que sustenta al capitalismo salvaje, a dividirla, individualizarla, que no constituya un potencial peligro para la estabilidad social.

Así pues, al contar ya con millones de usuarios dichas redes, crecen igualmente los potenciales usos que tanto las empresas que las crearon, como aquéllas de muy variados giros que siguen su evolución, les pueden dar, pues son una excelente fuente de muy valiosos datos, como veremos. Por un lado, para las empresas que proporcionan esos servicios, pues cuentan con vastos archivos de la información supuestamente “confidencial” exigida a las personas que solicitan membresía a sus sitios, a la que pueden emplear como mejor les convenga, por ejemplo, clasificándola para crear perfiles de los usuarios con los cuales se pueden determinar sus gustos y aficiones específicos (es lo que está haciendo Facebook).

Así, pueden vender esa información ya procesada a otras empresas las cuales estarán en posibilidades de bombardear a los usuarios de dichas redes con publicidad customizada (anglicismo empleado para referirse al tipo de publicidad específicamente dirigido a cierto sector social), mediante los anuncios que se cliquean, la cual se supone que es más efectiva a la hora de convencer a una persona para que compre algo ( ya comenté que como todo buen negocio, las operadoras de las redes deben de tratar de obtener una ganancia por la prestación de sus servicios, que aparentan ser gratuitos, pero indirectamente deben de costar algo al usuario, así que manejando y vendiendo dichas operadoras a su antojo la información de sus millones de afiliados, están obteniendo ya buena parte de sus ingresos, como más adelante veremos).

Por otro lado porque valiéndose de esos datos, dichas empresas, las que operan las redes, conocen otro tipo de información confidencial a través de la cual pueden saber, digamos, el comportamiento social y pueden indagar, por ejemplo, cuáles son sus tendencias o qué tan estable o inestable es la sociedad en determinado momento. Y es que el banco de los datos personales de los millones de miembros de una red, se ha convertido en una especie de archivo estadístico que no parte de una simple, pequeña muestra, sino que tiende a abarcar un universo casi comparable a la población entera (sin exagerar, estamos ante verdaderos laboratorios sociales y no se necesita de experimentación, pues son los propios usuarios de las redes los que proporcionan los experimentos con la cotidianeidad que suben a sus respectivas páginas.

Es tan variada la clase de personas que emplean las redes sociales que me he hallado Facebook’s de los piratas somalíes, en donde explican el por qué se dedican a secuestrar barcos y a cobrar recompensas). Incluso ya existen otras empresas que están partiendo de dichos bancos de datos para crear redes sociales que, por ejemplo, permitan hacer “recomendaciones” sobre películas, libros... lo que sea. Uno de ellos, Hunch, cínicamente señala su promotora, la señora Caterina Fake que “el objetivo de Hunch es mapear a toda aquella persona que use Internet en relación a cualquier objeto que exista en la red, sea éste un producto, un servicio u otra persona”. Claramente esta declaración señala que en supuestas aras de crear algoritmos computacionales que personalicen la información disponible para hacer, como en el caso de Hunch, “recomendaciones”, la gente tendrá que confesarse si desean pertenecer al club, pero además es frecuentemente cuestionada sobre infinidad de tópicos, con tal de que, dice la señora Fake, su algoritmo computacional logre clasificar y definir perfectamente, tanto los gustos, como la personalidad de cada usuario. Y pudiéramos pensar, concediendo de buena fe, que la información recabada no iría más allá de ser usada para hacer recomendaciones, pero si es sustraída por hackers mal intencionados, entonces allí se acaban los buenos usos de los bancos de datos para ser empleados en perjuicio de quienes los proporcionaron de buena gana. Aquí en México, por ejemplo, hace unos meses se hizo obligatorio un programa para registrar los teléfonos móviles (celulares), el RENAUT, con tal de, dijeron las autoridades, evitar extorsiones y el empleo de redes criminales de tales aparatos.

Sin embargo, todo resultó en un completo fracaso, dado que varios de esos registros se hicieron con nombres falsos, pero además, lo más grave, fue que al poco tiempo de que se había medio completado ese fallido registro, la información ¡ya estaba a la venta en el Internet! (antes de ese bochornoso hecho, se divulgó que la información de todo el padrón electoral de los mexicanos ¡ya se vendía también por Internet!).

Como dije, tanta información está también tendiendo a fomentar lo que ya se define como cybercrimen, gracias a que esos datos son aprovechados por redes criminales que de esa forma conocen mucha información social e íntima de los usuarios y se valen de ellos para esquilmarlos o incluso cuando se trata de sitios pagados, que se clonen los datos de las tarjetas de crédito usadas para liquidar los servicios extras que se proporcionan o que se suplanten personalidades, el llamado phishing. Por ejemplo, se estima que en Estados Unidos, en el año 2003, los fraudes por clonación de tarjetas y suplantación de identidad, ascendieron a poco más de $52,000 millones de dólares, afectando a 9.1 millones de estadounidenses, muchos de los cuales se quedaron sin un centavo en el banco o adquirieron astronómicas deudas por sus tarjetas clonadas, así que como puede verse es un excelente negocio y va en aumento, debido, sobre todo, a esos sitios pagados, muchos de los cuales son fraudulentos, una mera forma de obtener los datos de sus “clientes”. En el caso de otros, se debe a que cuentan con pobres sistemas de seguridad que dejan muy vulnerables los datos de los usuarios (los sitios pornográficos son muy dados a ser simples trampas para tontos, por ejemplo).

Además, es a través de redes como el Facebook, que muchos traficantes humanos están obteniendo sus víctimas, pues los usuarios, sobre todo adolescentes, exponen en sus páginas todo tipo de información, sobre todo sus fotos de todo, de sus personas, amigos, su casa, su habitación, el nuevo auto de sus “papis”... ellos mismos vulneran sus intimidad y ya son varios los casos en todo el mundo de acoso por parte de “desconocidos” que han venido a saber todo sobre sus víctimas a partir de su Facebook. Y a través de Youtube, grupos criminales difunden videos de sus víctimas, siendo torturadas y hasta asesinadas (se han mostrado degüelles o hasta decapitaciones), lo cual produce el efecto extra de desensibilizar aún más a una sociedad de por sí muy indiferente a tanta violencia cotidiana que se está viviendo... o igualmente a aterrorizarla, muy conveniente también para el sistema político, pues también el terror se ha convertido en una muy conveniente forma de control (ver mi trabajo “La muy oportuna ‘descomposición’ del Estado mexicano, pretexto para militarizar y recrudecer la represión gubernamental”, en este mismo blog, en donde abundo sobre este particular tema).

Así pues, tan controvertidas están resultando las redes, que una de ellas en particular, la ya mencionada Facebook, incluso se ganó que la compañía Sony Pictures le haya hecho una película, “La red” (The social network), basada en muy igualmente controvertidos aspectos de la vida de su fundador, Mark Zuckerberg, el joven antisocial (irónicamente, Zuckerberg padece el síndrome de Asperger, una muy suave y poco notoria forma de autismo que vuelve antisociales a quienes la padecen) quien a través de engaños, estafas y mala fe, logró hacer a un lado a los otros iniciales fundadores de la empresa, con tal de apoderarse casi de la totalidad de los derechos intelectuales de Facebook, así como, por supuesto, de las ganancias que el muy buen negocio le está dejando con sus más de 500 millones de usuarios por todo el mundo, a la que se incorporan cientos diariamente. Las revelaciones fueron hechas al escritor de best–sellers Ben Mezrich por un tal Eduardo Saverin, antiguo, defraudado socio de Zuckerberg, decepcionado por el malévolo, traicionero comportamiento de éste. Se muestran además los malos manejos que Facebook hace de la información y páginas de sus usuarios.

Aunque Zuckerberg ha desestimado a la cinta, diciendo que todo es falso y con el afán de desacreditarlo, su empresa cínicamente ha aceptado que puede manejar la información de sus miembros a su antojo y ha evadido hábilmente los candados legales y mandatos judiciales que han tratado de que evitar que lo haga.

Pero como suele suceder una vez que Hollywood mete las manos en escándalos así, muy probablemente la cinta aumente exponencialmente la fama de Facebook y en general de la redes y contribuya aún más a la socialización virtual de un mundo cada vez más aislado en términos de reales y corporales relaciones interpersonales.

martes, 13 de marzo de 2012

Oportunista capitalismo salvaje o de cómo enriquecerse con guerras, desastres y enfermedades

publicado el lunes 4 de julio de 2011, por Adán Salgado Andrade


Como ya he referido en otros trabajos, el capitalismo salvaje siempre está a la caza de la mejor oportunidad para hacer una buena ganancia, aunque para ello destruya sociedades, países, medio ambiente, mares, tierras, mate de hambre al 70% de la humanidad… todo con tal de que su cada vez más crónica y difícil perpetuación siga adelante, a pesar de las profundas crisis y graves problemas que a diario presenciamos.


Por ejemplo, las revueltas sociales que se están desarrollando en países como España, Grecia, Inglaterra, Francia y hasta en los mismos EU, países que en otros tiempos alardeaban de ser supuestamente ricos, demuestran las fallas cada vez más profundas de este sistema que sólo beneficia a unos cuantos barones del dinero y a las corporaciones que han maniatado a todo el planeta a su propia conveniencia (en EU, por ejemplo, el centro del capitalismo mundial ya hay un buen porcentaje de personas que pasan hambre). Lo peor es que se siguen tomando como modelo de desarrollo capitalista a países que aparentan ser “milagros” económicos, pero que ya comienzan a sufrir las inevitables consecuencias de los desequilibrios económicos provocados por el capitalismo salvaje, como es el caso de China, país que ya empieza a experimentar fenómenos como inflación, desaceleración, destrucción anárquica de sus recursos naturales, hambrunas, descontentos sociales, entre otros problemas, además, claro, de que sigue teniendo millones de pobres viviendo en el campo y en las ciudades (ver en este mismo blog mi trabajo “El sobrevalorado crecimiento económico chino”).

Voy a exponer tres casos concretos en los que el principio de oportunidad capitalista está presente, sin importar las consecuencias que el desarrollo de ciertas actividades lucradoras puedan tener en la sociedad o, peor aún, sin importar si son o no éticas, todo sea con tal de ganar muy buen dinero, hacerse rico en poco tiempo y figurar en las listas anuales de los mayores millonarios del mundo publicadas por Fortune o Forbes, como veremos.

Voy a referirme primero a la “singular” historia de dos muchachos estadounidenses, muy jóvenes, que casi se hicieron ricos dedicándose al muy lucrativo negocio del tráfico de armas. Este par de muchachos, David Packouz y Efraim Diveroli, son los típicos chicos clase medieros problema, pues el primero abandonó la “high school”, en tanto que el segundo intentó estudiar una carrera universitaria, pero al poco tiempo se salió. Packouz fue enviado a Israel por sus padres, para supuestamente corregirse, pero se volvió un adicto a la marihuana y otras drogas. Diveroli, por el estilo, dejó la escuela pues se entusiasmó mucho cuando un tío lo invitó a vender armas en un negocio que éste poseía, luego de lo cual, el chico decidió establecer su propio negocio. Ambos muchachos se conocían desde la “high school”, pero habían dejado de verse. Sin embargo, tuvieron un muy feliz reencuentro en el año 2005, durante el cual Diveroli le platicó de su negocio de armas a Packouz, diciéndole que además necesitaba un socio y que éste, su viejo amigo, le parecía el candidato idóneo. “Necesito a alguien de mucha confianza”, le dijo Diveroli, y le confió que vendiendo armas había amasado ya una “pequeña fortuna” de ¡un millón ochocientos mil dólares!, algo que dejó muy gratamente sorprendido a Packouz, quien había pensado que unos cien mil o doscientos mil dólares quizá era lo que tuviera su gran amigo, pero no cerca de ¡dos millones de dólares”. Packouz aduce que las razones para entrarle al “lucrativo negocio” fueron que: “Yo iba a hacerme de buenos millones, pero nunca pensé dedicarme al tráfico de armas toda la vida, no, pero sí me fascinaba estar en un negocio que podía decidir la fe de las naciones”. O sea, que Packouz, de sólo 25 años en ese entonces, además de quererse hacer rico en muy poco tiempo (el objetivo de casi cualquier joven estadounidense promedio), se quería también sentir una especie de Dios, ¿qué les parece? En cuanto a Diveroli, 21 años en ese entonces, abiertamente declaraba que a él no le importaba si las guerras eran justas o no y si mucha gente, incluso inocente, moría. “Sí, yo sé que me van a decir que mi país mete las narices en donde no le importa, pero así es la cosa. Y si con eso yo hago muy buenos negocios y varios millones, ¡pues sean bienvenidas las guerras injustas!”. Y por ello apoyaba al partido republicano, pues, agregada Diveroli, “los republicanos son los que más guerras han hecho, menos que los idiotas de los demócratas, así que por eso soy republicano, para apoyar a que mi país le entre a cuanta guerra haya, sea o no injusta, con tal de que yo tenga muy pronto mis primeros diez mil millones de dólares y derrote a los grandes de las armas”. Así que con ese tipo de declaraciones, es evidente que ambos jóvenes lo que menos podían tener era escrúpulos (su perfil es el de los clásicos “self made” estadounidenses, que han hecho sus fortunas incluso delinquiendo). Rentaron un departamento, se compraron un par de laptops, dos celulares y línea a Internet y, muy gustosos y entusiastas, se pusieron a trabajar:
Diveroli aprovechó que tras las invasiones de EU, primero a Afganistán, en el 2001, y luego a Irak, en el 2003, ante los crecientes gastos militares que ambas implicaban (y siguen implicando), el inepto y beligerante Bush, junto a sus “halcones guerreros”, decidieron también aplicar al Pentágono, su agencia militar, el principio de la eufemística “libre competencia capitalista”, abriendo licitaciones para que empresas fabricantes de armas y/o comerciantes de éstas, participaran en ese muy lucrativo negocio, con tal de que, razonaban Bush y sus secuaces, los costos de sostener tan caras invasiones bajaran lo más posible. Lo de “bajar los costos”, en realidad fue un simple pretexto, pues el hecho fue que se aumentó aún más el gasto militar, que fue de $145,000 millones de dólares en el 2001, a $390,000 en el 2008, con tal de “estimular” al sector militar que, aducen siempre los gobiernos estadounidenses, es gran “generador de empleos” (esa premisa es falsa, pues se podría apoyar a otros sectores más productivos y, esos sí, realmente benéficos para la humanidad, como las actividades agropecuarias, por ejemplo, o la reforestación de bosques y áreas verdes).

Así que con eso de licitar la venta y distribución de armas, Bush en realidad sólo benefició a decenas de “pequeños armeros”, quienes también, si así lo deseaban, podían surtirle armamento al ejército y armadas estadounidenses, así como hacen grandes corporaciones como General Dynamics o Raytheon. Justamente eso fue lo que aprovecharon Diveroli y Packouz, quienes fundaron AEY Inc., y se aplicaron a tratar de conseguir los mejores contratos, a ver en dónde podían comprar las armas más baratas, cómo transportarlas al más bajo precio posible… y así, actuando como verdaderos “señores de la guerra”, poco a poco fueron ganando contratos y surtiendo de armas a los mercenarios iraquíes y afganos, aliados a los estadounidenses, quienes supuestamente “combatían” a los grupos insurgentes en Afganistán e Irak. Diveroli y Packouz se hacían de las armas usadas y municiones que países de la antigua Yugoslavia o de la desaparecida Unión Soviética habían acumulado por muchos años, y de las cuales poseían millones y estaban siempre dispuestos a venderlas muy baratas, “de oferta”, pues, con tal de sacarles algo de dinero a sus vejestorios. Y es que las condiciones que exigía el Pentágono eran mínimas, pues se requería que tanto armas, como municiones fueran útiles, no importaba el calibre o el lugar de fabricación, incluso si eran chinas, las cuales estaban “prohibidas”, no por su mala calidad, sino porque había un embargo de armas chinas desde los sucesos de Tianamen, pero si se hacía con discreción, hasta ésas se permitían (además, razonaba Diveroli, y eso se los decía a los funcionarios del pentágono que le otorgaban los contratos, con respecto a las malas armas chinas, que al fin que no eran para soldados estadounidenses, sino para simples árabes, así que “para qué les compramos bueno”, decía, cínico).

Como Diveroli era todo un experto en regatear, además de que tenía muy buenas relaciones con otros traficantes y hasta contrabandistas de armas (del tipo del personaje que interpreta el actor Nicholas Cage en la cinta “El señor de la guerra”, basada en un armero contrabandista ruso, recientemente arrestado), siempre consiguió muy bajos precios, con lo que podía obtener a veces hasta tres veces lo invertido. Y fueron creciendo tanto sus ventas, como sus sueños de muy pronto juntar sus primeros diez mil millones de dólares y cotizar en las grandes firmas bursátiles de Wall Street… pero para su desgracia, sólo se quedaron en ochenta y cinco millones, pues su desmedida ambición, sobre todo de Diveroli, que ya no quería pagarle a su “amigo” la parte de sus ganancias, así como las prácticas ilegales en que incurrieron (por ejemplo, se comprobó que no pagaban impuestos, que sobornaban a funcionarios de otros países, con tal de que les dieran mejores precios por la bélica mercancía, que se asociaron con contrabandistas, incumplieron contratos… entre otras “irregularidades”), provocaron que un buen día de agosto del 2007, apenas escasos dos años después de su “sociedad”, agentes del FBI y del ISR irrumpieran al departamento que usaban como su “compañía” y les confiscaran todo. Y a la cárcel fueron a dar, a pesar de tener ese espíritu “self made” estadounidense, de si fuera preciso hasta asesinar, con tal de volverse inmensamente ricos (indirectamente lo hacían, al vender armas).

El segundo ejemplo que doy es con respecto a las tragedias que los desastres naturales traen aparejadas, como son inundaciones por huracanes, terremotos o tsunamis, por citar algunos. Y tomo como ejemplo el caso de Japón, nación que a principios de este año sufrió un terremoto tan intenso, cuyo epicentro, en el mar, provocó también un maremoto que generó potentes tsunamis, los cuales barrieron con aproximadamente diez por ciento del territorio japonés en sus litorales. En Youtube pueden verse varios videos en donde se muestra la forma en que intensas corrientes de agua marina devastan grandes zonas urbanas, arrastrando embarcaciones de todo tipo, fábricas, comercios, casas, puentes, postes y autos como si fueran de juguete.
(ver por ejemplo: http://www.youtube.com/watch?v=w3AdFjklR50).

Y las imágenes posteriores son desoladoras: una niña llorando en medio de las ruinas de lo que fuera su casa y todo un barrio residencial; zonas industriales y urbanas reducidas a desordenados escombros, como si hubieran sido bombardeados por muchas horas y así por el estilo (como las imágenes que pueden verse después de los infames bombazos de Hiroshima y Nagasaki).
(ver por ejemplo: http://www.youtube.com/watch?v=xH31PkoK9yY).

El problema adicional a los ya de por sí graves, de cientos de personas muertas (se calculan más de 23,000 entre muertos y/o desaparecidos), la devastación de varias ciudades portuarias, de autopistas, de puertos, puentes, destrucción de embarcaciones, de miles de casas, edificios e industrias… es que también se afectó el sector energético, pues plantas nucleares como la de Fukushima resaltaron severamente dañadas y dejó de operar, ya que, en pleno litoral, se diseñó sólo para resistir olas de 3 metros y no de más de diez metros, como fue el caso, lo que ha puesto en entredicho la supuesta rectitud y honestidad de algunos funcionarios japoneses, pues es claro que haber consentido algo tan irresponsable, de no cumplir con normas más estrictas de diseño, sobre todo en un país tan sísmico como Japón, es producto sólo de tolerada, discreta corrupción.
(ver video: http://www.youtube.com/watch?v=kjx-JlwYtyE&NR=1).

De todos modos, aún con las medidas de seguridad pertinentes, el caso japonés, casi totalmente dependiente de la energía nuclear, ha expuesto los potenciales peligros que la generación de electricidad con reactores nucleares trae implícitos, pues aunada a la desactivación de algunas de las plantas nucleares por los daños, aunque menores, que sufrieron, está el peligro mucho mayor, posterior al terremoto y al maremoto mismos, que es la radiación que ha seguido emanando en la destruida planta de Fukushima y que provocará daños a la salud en el corto y mediano plazos de la población circundante e incluso más alejada del sitio, además del agua contaminada con altos niveles de radiación, empleada para enfriar el reactor, que se ha estado arrojando al mar, lo que también repercutirá no sólo en el ecosistema marino de dicho país, sino en el resto del planeta.

Se calcula que los daños en infraestructura urbana, industrial, portuaria y doméstica ascienden a casi 300,000 millones de dólares, pero además la reconstrucción puede llevarse hasta diez años en algunos casos (suponiendo que antes no se produzca otro terremoto de igual o mayor magnitud). La industria automotriz resultó severamente afectada y sólo algunas plantas de las principales empresas – Toyota, Honda, Nissan, Mazda, Mitsubishi –, han comenzado a operar, así como las compañías de productos electrónicos, como Sony, Hitachi, Toshiba, entre otras. Y es que tanto por las plantas nucleares que han sido cerradas, así como por el cuestionamiento de los potenciales peligros que generar energía de esa forma acarrea, se ha reducido la producción de electricidad. De golpe, se calcula que dicha reducción fue de 30%. Las consecuencias son que el estilo japonés, también muy derrochador de energía, así, muy a la manera estadounidense, de ciudades muy iluminadas, como Tokio, así como Las Vegas, de momento quedó atrás, pues con trabajos si se tiene energía para las necesidades domésticas e industriales más urgentes, pero los apagones frecuentes varias veces por día son cotidianos, además de que 1.3 millones de hogares se quedaron sin electricidad (en esta época de caluroso verano, se está aconsejando a todos los empleados dejar sus elegantes ajuares para usar camisas o blusas ligeras y sandalias, pues el aire acondicionado de oficinas casi es inexistente).

Por tanto, la urgencia japonesa por reactivar su producción energética, a como dé lugar, ha sido tema de “jugosos negocios” por venir.

Por supuesto que está la reconstrucción misma de toda la infraestructura urbana e industrial devastada, que, como ya mencioné, podría ascender hasta a $300,000 millones de dólares, conservadoramente hablando. Pero para ello es necesario antes reactivar al sector eléctrico, y es cuando el “principio de oportunidad” del capitalismo salvaje está, como en todo momento, por trágico que sea, siempre presente. Varios oportunistas, expertos en especulación bursátil, en especial el señor Keith Fitz-Gerald, vaticinan que Japón tendrá que recurrir al energético alternativo que ya está teniendo cada vez más demanda y que, por lo mismo, tanto sus costos de producción, así como de transporte, están subiendo mucho por estos meses. Me refiero al gas natural licuado (LNG, liquefied natural gas), que a decir de Fitz-Gerald, es ya la nueva panacea energética. El gas natural es otro de los productos extras que se extraen de los pozos petroleros, es, digamos, el vapor del crudo, pero también se origina por otras fuentes, tales como depósitos de carbón de piedra, en los fondos oceánicos y hasta en el llamado permahielo (como se denomina a la capa de hielo más antigua y dura de los polos, la que, por desgracia, con el calentamiento global, ya se está también derritiendo), que lo ha mantenido atrapado por millones de años. Se compone principalmente de metano, gas que ya es empleado como energético en varias aplicaciones (por ejemplo en el combustible metanol) y se calcula que sus reservas pudieran incluso duplicar a las existentes de combustibles fósiles, tales como el petróleo, con las que se cuenta actualmente, así que representa un supernegocio, a decir de los oportunistas y especuladores. Fitz-Gerald predice que Japón sustituirá hasta el 86% de su generación de energía eléctrica con LNG y aconseja a los ávidos inversionistas, deseosos de obtener muy buenas, prontas y altas ganancias, que inviertan su dinero en todo cuanto se refiera al gas natural, o sea, instalaciones, refinación, procesamiento, transporte… y no sólo indica que eso va a suceder en Japón, sino que en vista de la merma que están sufriendo gran parte de las reservas petroleras, pues será el energético alternativo y su empleo aumentará en los años venideros. Evidentemente el costo del gas natural aumentará, debido a la creciente demanda (por ejemplo, Indonesia, que es el tercer exportador mundial de LNG, ya suscribió nuevos contratos con Japón para enviarle otros 21 cargamentos extras de ese necesitado energético en este mismo año), sobre todo, como dije antes, tanto por las necesidades energéticas de Japón durante esta emergencia, así como porque la energía nuclear, a la vista de muchos analistas y expertos mundiales, es vista cada vez menos como una solución a nuestra voracidad energética, y su producción será marginal (en casi todos los países con reactores nucleares, se están repensando los nuevos proyectos nucleares que estaban por construirse, incluso en aquéllos muy inclinados a tal energía, como EU, Alemania o Francia y están viendo como una seria alternativa el LNG). Y es por el costo tan alto que tendrá el gas natural, que se ve “viable” su explotación a mayor escala, y con ello, a los especuladores frotándose las manos por las altas ganancias que devengará el invertir en las actividades asociadas a su producción (aunque son estúpidamente miopes, pues ello redundará en un encarecimiento de toda la actividad económica y un nuevo factor de crisis de este crónicamente enfermo capitalismo salvaje). Así que, insisten Fitz-Gerald y otros “expertos bursátiles”, que los ávidos inversionistas le entren con su dinero a todo cuanto tenga que ver con el gas natural licuado.

Y también, dada la carestía en el valor que todos los energéticos, incluido el petróleo y el LNG, están experimentando, se hace “rentable” que se exploten otras fuentes energéticas, consideradas no hace mucho inviables, por lo costoso de su procesamiento, además de ser muy contaminantes, pero esto no importa, seguir dañando a la ecología del planeta (ver en este mismo blog mi artículo: ¿Más energía o más desperdicio?). Incluso las llamadas energías verdes ya se están dejando de lado, con el pretexto de que no servirán mucho para satisfacer las engullidoras e insaciables necesidades energéticas de corto y largo plazo (EU, por ejemplo, está por retirar, bajo esta lógica, el subsidio que da a las empresas que se dedican a la tecnología para aprovechar la luz solar, así que muchos de esos proyectos de investigación y fabricación se irán a la basura).

Una de esas “alternativas energéticas” es el esquisto (shale), piedra mineral aceitosa que contiene kerógeno, un compuesto orgánico aceitoso, el cual, mediante un costoso y complicado método llamado Petrosix, inventado en Brasil (que desde 1954 ha procesado el esquisto), se transforma en aceite líquido y otros compuestos, uno de los cuales es el llamado gas de petróleo licuado (LPG), que igualmente puede ser empleado como el LNG que menciono arriba. Pero también el esquisto tiene su cuota de perjuicios y uno de ellos es que es incluso más contaminante que el carbón mineral usado actualmente (como en China, razón por la cual, muchas de sus ciudades están entre las más contaminadas del mundo, porque casi toda la electricidad se produce con base en dicho carbón). Es decir, los problemas de contaminación ambiental, que ya de por si tenemos, generados por la producción presente de millones de toneladas de tóxicos gases de efecto invernadero, que están calentando al planeta, crecerán exponencialmente, al incrementarse también exponencialmente la producción de dichos gases, conforme las reservas de esquisto se vayan empleando. Por otro lado, resulta que el complicado proceso Petrosix emplea igual o mayor cantidad de energía que su eficiencia energética (este término se refiere a la cantidad de energía que se emplea para crear una fuente energética, así que si se gasta más energía en crear una nueva energía, pues no tiene entonces caso, como sucede con el esquisto. Es algo que también sucede con el hidrógeno empleado en las llamadas celdas de combustible, que se gasta más energía en obtenerlo que la que rinde dicho gas. Ver mi ya mencionado trabajo: ¿Más energía o más desperdicio?).

Otra “alternativa” energética que ya también tiene enjugándose la boca a los ávidos inversionistas por las potenciales “futuras ganancias” son las tierras aceitosas (yo las llamo tierras enchapopotadas), que son arenas saturadas en forma natural de un aceite orgánico llamado betún (bitumen), que también pueden ser explotadas, claro, a un muy alto costo e igualmente son muy contaminantes al emplearlas (me parece que aprovechar hasta ese tipo de reservas muy caras y contaminantes de energía fósil, es como si se nos cayera un frasco de mermelada y con tal de aprovechar hasta la última gota de aquélla, nos pusiéramos a lamer el piso, sin importar que nos cortáramos la lengua por los vidrios rotos, mezclados. Así es la avaricia dentro del capitalismo salvaje). Las mayores reservas naturales están en Alberta, Canadá, y ya varias empresas, petroleras incluidas, como ExxonMobil, les están echando el ojo.

En ambos casos, tanto en el esquisto, como en las tierras aceitosas, como dije, el oportunismo salvaje capitalista está viendo futuras, muy codiciadas ganancias. Personas como el supuesto gurú Tim Cejka “recomienda” a esos ávidos inversionistas a que metan su dinero en todo lo relacionado con el esquisto, pues dado que EU posee alrededor de entre el 60 y 70% de las reservas mundiales de dicho mineral, se jacta de que “¡si usted invierte en estos nuevos paraísos energéticos, podría estar duplicando su dinero en los próximos diez meses, se lo garantizo!”. Como se ve, no hay ninguna otra consideración para estos inescrupulosos hacedores de dinero, ni más contaminación, ni más destrucción natural, ni más enfermos en el mundo, ni más calor, ni más sequías… no, nada de eso importa, sólo importa que se aprovechen desgracias o escasez de lo que sea, con tal de llevarse varios buenos millones al bolsillo… y todo con el contubernio, sin objeciones, de gobiernos blandos, al puro servicio de los barones de las corporaciones y del dinero.

Y me referiré ahora al tercer punto en el que el principio de la oportunidad especuladora está antes que el propio beneficio que pudiera generarse de lo que voy a narrar. Se trata de una nueva droga contra el cáncer que se ha calificado como “la droga milagrosa” por los ávidos corredores de Wall Street. Bautizada como PCU (Programmed Cell Destruction, destrucción programada de células), ha sido desarrollada por una pequeña compañía farmacéutica ubicada a 56 kilómetros de la capital estadounidense, Washington, y no se ha revelado su nombre porque los corredores de bolsa la están recomendando sólo a “muy contados clientes”, para que sean los primeros en aprovechar el “boom” y se hagan de rendimientos que, se asegura, ¡pueden ser de hasta un 2000%! “¡Imaginen ustedes que puede multiplicarse su inversión hasta en 20 veces, gracias a esta droga milagrosa, tomen en cuenta que cada tratamiento contra el cáncer cuesta $10,000 dólares en promedio y hay 12 millones de personas con cáncer, sólo en los EU, así que hagan sus cuentas!”, se publicita en “información exclusiva” dirigida a los potenciales interesados en adquirir acciones de la empresa en cuestión. Y es que la supuesta “droga milagrosa”, se dice, ataca el cáncer de una forma distinta a cuanto medicamento anticancerígeno haya existido antes, pues logra que las células T, que son los anticuerpos encargados de atacar a los patógenos invasores, no sean “engañados” por los sistemas de evasión que poseen las células cancerígenas y se peguen a éstas, a las que les inyecten su sustancia destructora y lo sigan haciendo así, hasta acabar con todas. Y aunque actualmente se recomienda sólo para combatir la leucemia y ciertos linfomas, al parecer puede hacerlo con cualquier tipo de cáncer, e incluso combatir otros males, tales como artritis o lupus, de acuerdo con los reportes que la propia empresa ha emitido, cuyas acciones se cotizan actualmente en 7 dólares, pero podrían llegar a valer hasta $140 dólares, si su producto resulta ser tan bueno como se presume.

Como puede verse, no les importa a los hacedores de dinero el hecho de que la droga pudiera ser tan efectiva y novedosa al atacar el temido cáncer, como ningún otro tratamiento lo ha hecho antes (de ser realmente cierta su efectividad), ya que incluso, se alardea, es capaz de combatir cáncer en fases terminales. No, eso no interesa, sino sólo que es una “¡fabulosa oportunidad de multiplicar $5,000 dólares en $100,000 dólares!”. Y de acuerdo con esta especuladora, mezquina “lógica”, a mayor número de enfermos que adquieran la droga y se curen, mayores serán las ganancias.

Así que, pensemos por un momento, si de entre los propios ávidos inversionistas hubiera algunos con cáncer, ¿podrían ser al mismo tiempo pacientes e inversionistas?, que dijeran “¡me curo y gano mucho dinero al mismo tiempo!” Aunque en este muy deshumanizado, materialista sistema en que vivimos, hasta esa posibilidad puede darse.

Pero quizá lamentarían esos ávidos inversionistas cancerosos tener que descontar de sus “jugosas ganancias” el precio del tratamiento, ¿no creen?