Emilio Marín
Los más
experimentados gobiernos del Tercer Mundo saben cuánto empeño pone
Washington en complicarles la vida. Cristina Fernández, en cambio, tuvo
en el G-20 muchas expectativas. Esta semana debe haberlas reducido.
Tribuna Popular TP AGRESION IMPERIALISTA.-
En noviembre de 2011 la presidenta argentina tuvo un encuentro que
consideró espectacular con Barack Obama. En rueda de prensa conjunta
desde Cannes, en un alto de la cumbre del G-20, ella elogió el rol de EE
UU y su liderazgo mundial. En línea con ese piropo, valoró como
extraordinaria la función de las 500 empresas norteamericanas de la
Cámara Americana de Buenos Aires (AMCHAM) y sus inversiones de 12.000
millones de dólares. Dijo que de cien de estas empresas, 60 eran líderes
en EE UU.
Tales declaraciones presidenciales conllevaban el objetivo de mejorar
las relaciones políticas, económicas y comerciales con la
superpotencia.
Esta política viene fracasando considerablemente desde la cita de la
riviera francesa hasta nuestros días. El lunes 26 el presidente Obama
informó que había decidido sancionar a Argentina con la pérdida de los
beneficios propios del Sistema General de Preferencias (GSP en inglés).
Se trata de productos de otros países que entran al mercado
estadounidense sin pagar aranceles.
Aunque en el caso argentino se trataba de una dispensa muy pequeña,
de menos de 20 millones de dólares anuales, el gesto político es
ostentoso: tarjeta roja para el país, sacada en la cara del gobierno
cristinista que quiere ser un muy buen amigo de la Casa Blanca.
Más vale que el cronista está de parte de la Casa Rosada en este y
todos los conflictos que se generen sobre una variedad de temas. Entre
el país propio y el peor imperio de la historia hay que ser muy mal
nacido, caso de algunos sectores de la oposición conservadora, para
darle la razón a la potencia extranjera.
Que además, no la tiene. El argumento de Obama es que Argentina no
pagó los 300 millones de dólares reclamados por dos empresas
norteamericanas que pleitearon ante el CIADI (el tribunal arbitral de
diferendos sobre inversiones, que funciona en la órbita del Banco
Mundial). Una de ellas es Azurix, del grupo vaciador Enron, y la otra el
fondo Blueridge, que se consideraron afectados por decisiones de las
autoridades locales. Azurix, como se recordará, prestaba un pésimo y
caro servicio de provisión de agua potable en Buenos Aires, hasta que
dejó de prestarlo y fue reemplazado por ese estado provincial. Luego
llegó el turno de recuperar Aguas “Argentinas” (grupo francés Suez) y
crear Aguas y Saneamientos Argentinos (AySA).
En algunos funcionarios argentinos no falta ánimo de pagar esa
injusta factura del CIADI; se menciona al ministro Hernán Lorenzino en
esa ubicación conciliadora. Pero aún los más condescendientes con la
idea de pagar reclaman una condición mínima: que el fallo del citado
tribunal sea traído a la jurisdicción argentina. Como se sabe, en los
´90 el entreguista Carlos Saúl I admitió que todos los diferendos se
ventilaran en tribunales extranjeros, resignando la jurisdicción
nacional. El fallo fue previsible a favor del dúo multinacional y al
demorarse el pago vino la sanción, módica, pero sanción al fin de
cuentas.
DEFENSA POCO “NACIONAL Y POPULAR”
Del lado norteamericano, aquellas medidas reforzaron las campañas de
los “fondos buitre” contra Argentina, de allí que causaran euforia en
esos inversores tan poco transparentes, agrupados en el lobby de
bonistas denominado AFTA. Se trata de los inversores que no aceptaron
ingresar en el ventajoso canje que les propuso el gobierno de Néstor
Kirchner primero y el de CFK después, con Roberto Lavagna y Amado Boudou
respectivamente en Economía.
Supletoriamente, el Departamento del Tesoro vino impulsando desde
2011 que el BID no concediera nuevos créditos a Buenos Aires, tratando
de mantener las condiciones “de sequía” de préstamos. Es una especie de
castigo a un país que se declaró en default hace once años y luego se
distanció del FMI y el neoliberalismo.
Todas las políticas de claro cuño imperial fueron apoyadas, de un
modo directo o indirecto, por los medios monopólicos Clarín y La Nación.
Se solazaron con cada anuncio adverso al país por parte de Victoria
Nuland, vocera del Departamento de Estado. Supuestamente, tales anuncios
darían la medida de lo malas que serían las relaciones a nivel gobierno
entre los dos países. ¡Como si Obama pudiera ser considerado como la
medida de la sensatez y corrección de las relaciones internacionales de
Argentina!
La mano norteamericana estuvo detrás de la protesta de varios países
contra el nuestro. El comunicado de marras acusó a Argentina de poner
trabas a las importaciones y, por esa vía, a dificultar el comercio
internacional. La queja tuvo por ámbito la Organización Mundial de
Comercio (OMC).
Si es por la escasa velocidad con que se tramitan los expedientes en
esa Organización, el gobierno de Cristina no debe ponerse nervioso.
Baste decir que la Ronda Doha de la OMC, para liberalizar el comercio
(léase para moldearlo al interés de las multinacionales y las
principales potencias) comenzó en noviembre de 2001 y aún no logró los
acuerdos básicos. Claro que tratándose de una sanción contra un socio
del Tercer Mundo puede que la OMC adquiera otra velocidad de marcha.
La respuesta del gobierno nacional a las disposiciones norteamericana
y del grupo crítico dentro de la OMC fue despareja. De un lado se puede
rescatar la defensa que el vicepresidente Amado Boudou, el canciller
Héctor Timerman y la ministra Débora Giorgi hicieron de la posición
oficial. “El Gobierno seguirá ejerciendo la decisión soberana de sus
políticas comerciales”, sostuvo el comunicado del Palacio San Martín.
La postura no fue ir corriendo a Washington a pedir disculpas y
prometer que no volvería a suceder, como en el tiempo de las “relaciones
carnales”.
Pero el costado negativo fue la argumentación del canciller y la
ministra de Industria. Casi que preguntaron: ¿por qué nos sancionan o
critican si somos el mercado que más importó productos dentro del G-20?
Los que nos cuestionan, alegaron, aumentaron un 25 por ciento sus ventas
a nuestro país. “Hoy la Argentina tiene una economía dos veces más
abierta que en los 90”, expresó Giorgi.
La pregunta que queda picando para hacerle a la ministra es: ¿Y esa
apertura es buena o mala? Por lo visto hasta aquí, Buenos Aires se abre
el doble y Washington se cierra en igual proporción.
QUIÉN ES QUIÉN
Las sanciones estadounidenses tomaron al gobierno argentino con la
guardia baja. Cuando ocurre eso, el boxeador o el político salen muy
lastimados.
El 9 de febrero pasado, el canciller Timerman recibió a la enviada
del Departamento de Estado, Roberta Jackson, cuando aún no había sido
confirmada por el Capitolio. Los respectivos embajadores, Jorge Arguello
de esta parte, y Vilma Martínez de la otra, también fueron de la
partida.
El comunicado de la reunión pintó un panorama color rosa, donde todos
los temas conversados habían dejado un sabor a consenso, sea en los
asuntos comerciales como en los políticos, de educación, lucha contra el
terrorismo, la Minustah en Haití y un largo etcétera.
Dos semanas más tarde la embajadora Martínez tuvo una entrevista con
los ministros Lorenzino, Giorgi y Norberto Yauhar (Agricultura),
El último nombrado se quejó de que con la administración Obama
persisten las trabas al ingreso de los limones y cítricos dulces de
nuestra producción. Ni un limón puede entrar al mercado del norte. La
exportación de 20.000 toneladas de carne fresca argentina a EE UU se
acordó en 2000 pero aún no ha podido concretarse por las trabas de allá
argumentando una aftosa ya superada.
Por su parte Giorgi dio los datos preocupantes del déficit argentino
frente a EE UU en manufacturas de origen industrial: 4.600 millones de
dólares anuales. ¿Somos tontos o qué? Resulta que la potencia no deja
entrar ni un limón y en la Aduana de Buenos Aires pasan a mil kilómetros
de velocidad esas costosas manufacturas “made in USA?
Las exportaciones a EE UU son el 5 por ciento del total de lo que la
Argentina vende al mundo, pero las importaciones de productos yanquis
son más del 10 de ese total. La conclusión es clara: o le vendemos más o
le compramos menos. “La directiva de la Presidenta no es equilibrar la
balanza comprando menos, sino vendiendo más, y éste es el objetivo de la
diplomacia argentina”, declaró entonces el embajador Jorge Argüello.
Bueno, tendrá que ir cambiando de táctica luego de lo visto esta semana,
pues esa política cristinista ha fracasado rotundamente.
Parece haber llegado la hora de un replanteo de las políticas
comerciales e internacionales en el plano político. Todo indica que con
el imperio se avecinan nuevos tiempos de confrontación y sanciones,
propias de su naturaleza tipo escorpión pero también de la coyuntura de
crisis que vive desde 2008. Mejor sería amarrar más las relaciones con
Unasur, CELAC, ALBA, Movimiento de Países No Alineados, Grupo de los 77
más China y BRIC (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica).
No se trata sólo de vender más limones, carnes y cereales, que es muy
importante, sino también que en estos ámbitos y espacios
internacionales, y no en Washington, están los países amigos que más
apoyan a Argentina en su reivindicación de soberanía en las islas
Malvinas.